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El desempeño entendido desde los hábitos

 

 Como bien señalaba Einstein, la locura es “hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. Esta afirmación es una realidad que en alguna medida nos ha tocado a todos, aunque en distintos niveles y dimensiones, lo cual nos debería llevar a reflexionar del por qué de esta situación, qué es lo que genera o desencadena este patrón conductual.

Si hacemos un análisis detallado de nuestra conducta, podremos observar que muchas de las actividades que realizamos a diario son secuencias conductuales que se han consolidado con el paso del tiempo, lo cual representa, según las investigaciones, casi el 45% de nuestro tiempo del día a día. Pero esto, ¿por qué sucede? Porque nuestro cerebro trabaja bajo el principio del mínimo esfuerzo para conseguir el máximo resultado, es decir, pensar, analizar y llegar a conclusiones es un proceso que genera desgaste energético y para evitar pérdida de energía innecesaria, el cerebro busca concentrar sus esfuerzos en tareas no habituales, de importancia vital y que sean novedosas, como la toma de decisiones en situaciones de crisis, desarrollar estrategias de mediano y largo plazo, entre otras.

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Ahora bien, las investigaciones han demostrado que este sistema se sustenta a partir de la presencia de otro factor de vital importancia: la expectativa por la recompensa, es decir, no es necesario que la recompensa ocurra de forma inmediata, incluso puede haberse iniciado la rutina de conductas, pero sin que esto lleve a obtener la recompensa, y aún así se mantendrá el hábito. Esto ocurre porque el verdadero valor de la recompensa viene dado por el neurotransmisor que segregamos durante esa fase, la endorfina, la cual es una sustancia que genera en nuestro cuerpo la sensación de placer, de ahí que se diga que no buscamos una meta u objetivo en sí, sino lo que eso nos hace sentir.

Estos patrones que desarrollamos a lo largo de la vida, son los llamados “hábitos”, los cuales se establecen a partir de tres elementos: una señal, una rutina y una recompensa, los cuales siguen un curso automático sin la necesidad de acudir a un proceso de razonamiento. Este algoritmo es grabado en el llamado cerebro reptil, es decir, aquella zona con mayor antigüedad de nuestro órgano pensante, específicamente en los ganglios basales, lo cual nos muestra cómo nuestra conducta de supervivencia se ha basado desde el principio en una respuesta automática, donde frente a un estímulo adverso la respuesta se desarrolla de forma inmediata.

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Hasta el momento, pareciera que este sistema es inflexible e inamovible, pero no es así. Autores como Charles Duhigg, nos señalan que, para modificar un hábito es necesario tener presente que lo recomendable es mantener la misma señal y recompensa, lo que es necesario cambiar es la rutina. Por ejemplo, si queremos dejar de fumar, tenemos que tener claridad sobre qué es lo que incita este hábito (señal), lo cual por lo general es el estrés, luego, comienza el proceso de salir, buscar a alguien con quien fumar, hablar, etc., es decir, se ejecuta una rutina, que finalmente nos hace sentir bien, no solo por el cigarrillo como tal, sino por todos los factores asociados. Por esta razón, el camino para lograr cambiar este hábito está en cambiar la rutina, es decir, en vez de salir a fumar, se podría salir a distraer la mente, hacer ejercicio, buscar información entretenida, etc. Lo importante es conseguir la misma recompensa.

Otra situación que facilita este tipo de cambios, son las situaciones de crisis, donde es más la necesidad lo que empuja a cambiar la conducta.

Vista esta información, de cara a nuestras organizaciones queda abierta la pregunta: ¿Qué hábitos son los que caracterizan a nuestra organización? ¿Cuál es el impacto que ha tenido para la empresa? ¿Qué nueva rutina podría sustituirla? ¿Cuál sería el impacto de seguirla retrasando?