El nuevo punto ciego de las organizaciones: tener una estrategia sin mirar lo que está cambiando afuera
El futuro de la estrategia no está solamente en planear mejor. Está en desarrollar la capacidad de detectar antes lo que puede cambiar las reglas del juego.
Durante años, una buena estrategia empresarial se construyó alrededor de una pregunta fundamental:
¿Hacia dónde queremos llevar nuestra organización?
A partir de ahí vienen los objetivos, las prioridades, las iniciativas, los indicadores y los planes de acción.
Y todo eso sigue siendo necesario.
Pero hoy existe otra pregunta que deberíamos hacernos con la misma frecuencia:
¿Qué está cambiando afuera que podría hacer que nuestra estrategia deje de funcionar?
Porque una organización puede tener una estrategia clara, objetivos bien definidos y equipos perfectamente alineados… y aun así estar estratégicamente ciega.
El problema no siempre es tener una mala estrategia
En conversaciones con líderes y equipos directivos es frecuente encontrar organizaciones que han hecho el trabajo “correcto” de estrategia.
Analizan su situación actual, revisan sus resultados, estudian a sus competidores, conocen a sus clientes, definen prioridades y proyectan sus próximos años.
El problema aparece cuando el entorno comienza a cambiar más rápido que la capacidad de la organización para incorporar esos cambios a sus decisiones.
Una nueva tecnología transforma una industria.
Un cambio regulatorio modifica las reglas del mercado.
Un nuevo comportamiento del consumidor redefine una categoría.
Un competidor proveniente de otra industria empieza a disputar al mismo cliente.
Una transformación demográfica cambia las condiciones para atraer talento.
Y muchas veces, estos cambios no aparecen en nuestros indicadores hasta que ya tienen un impacto evidente.
El riesgo no siempre está en ejecutar mal la estrategia. A veces está en ejecutar muy bien una estrategia que dejó de responder al contexto.
La estrategia suele mirar hacia adelante, pero desde el retrovisor
Aquí aparece una paradoja.
Muchas organizaciones hacen planeación estratégica para prepararse para el futuro, pero construyen ese futuro principalmente a partir de información sobre el pasado y el presente.
Revisan resultados históricos.
Analizan el comportamiento de sus clientes.
Estudian a sus competidores actuales.
Proyectan indicadores.
Y, en muchos casos, extrapolan lo que conocen.
Esto puede funcionar cuando el entorno es relativamente estable.
Pero cuando las condiciones cambian rápidamente, mirar únicamente lo conocido puede convertirse en una trampa.
La prospectiva estratégica parte de una lógica diferente: no busca predecir exactamente qué va a ocurrir, sino desarrollar la capacidad de explorar futuros posibles y prepararse para ellos.
Y esto cambia la pregunta.
Ya no se trata solamente de:
“¿Qué creemos que va a pasar?”
Sino de:
“¿Qué podría cambiar y qué deberíamos estar observando desde ahora?”
El verdadero riesgo es la ceguera periférica
Existe una tendencia natural a concentrar nuestra atención en aquello que conocemos.
Miramos nuestro mercado, nuestros competidores, nuestros clientes, nuestros indicadores y nuestros resultados.
Pero algunas de las transformaciones que más pueden impactar una organización pueden estar ocurriendo fuera de su radar habitual.
Una tecnología que todavía parece lejana.
Un cambio cultural que comienza en generaciones más jóvenes.
Una regulación que apenas está siendo discutida.
Un modelo de negocio que aparece en otra industria.
Una nueva expectativa de los consumidores.
Por separado, pueden parecer señales menores.
El desafío estratégico está en desarrollar la capacidad de observar nuestro entorno más allá de lo evidente y preguntarnos:
¿Qué de todo esto podría llegar a cambiar las reglas del juego?
No para intentar adivinar el futuro.
Sino para evitar que el futuro nos tome por sorpresa.
Estrategia y prospectiva no deberían vivir separadas
La estrategia nos ayuda a decidir hacia dónde queremos ir.
La prospectiva nos ayuda a ampliar nuestra mirada sobre el mundo en el que tendremos que llegar allí.
Cuando ambas conversaciones están separadas, aparece un riesgo.
La prospectiva puede convertirse en una colección de tendencias interesantes que no llegan a las decisiones.
Y la estrategia puede convertirse en un plan perfectamente ejecutado… para un contexto que ya cambió.
Por eso, el reto no es hacer más planeación.
Es desarrollar una estrategia con mayor capacidad de escuchar, cuestionar y aprender de lo que está ocurriendo afuera.
El futuro de la estrategia también se juega en lo que todavía no es evidente
No creo que las organizaciones que mejor respondan al futuro sean necesariamente las que puedan predecirlo.
Probablemente serán aquellas que desarrollen una mayor capacidad para detectar cambios antes, entender por qué importan y prepararse para diferentes posibilidades.
Porque una organización que mira solamente hacia adentro puede ejecutar muy bien.
Pero una organización que combina ejecución con visión de futuro puede hacer algo todavía más importante:
prepararse antes de que el cambio la obligue a hacerlo.
La pregunta, entonces, ya no es solamente:
¿Tenemos una estrategia?
Sino:
¿Nuestra estrategia está mirando el mundo que está cambiando?